San Benito, el Patriarca de los Monjes de Occidente, desde niño correspondió a la gracia divina, procurando en todos los actos de su vida perfeccionarse y servir

Entre tanto, hijo de padres ilustres, estos buscaban darle una educación que lo volviese apto para conquistar las glorias del mundo, y para eso lo enviarían a Roma para estudiar en grandes colegios.

San Benito no se conformó con su situación, viéndose obligado a vivir en un medio corrompido como era en aquella época Roma, y resolvió romper completamente con el mundo, huyendo para el desierto.

Hoy, se acostumbra a suponer que esos lúgubres ermitas a donde los santos eremitas huían, estaban completamente libres de tentaciones y por lo tanto constituía una cobardía huir hacia el desierto.

Más allá de la excepcional fuerza de voluntad exigida de los eremitas para mantenerse apartados, por largos años de todo contacto con el mundo, San Benito, con la revelación de las tentaciones que sufrió, se encarga de desmentir cabalmente esa infundada afirmación.

Tan grande era la tentación que él sufría en el monte Subiaco a donde se retiró, que a veces fue necesario que él se lance en los espinos para vencerla, y por esos medios extraordinarios consiguió la completa victoria del espíritu sobre la carne.
Nuestro Señor deseaba, entretanto, que la gloria de su hijo resplandeciese en todo el mundo y que gran número de almas fuesen por él ganadas para su causa.

Reveló, por eso, su existencia a un Santo sacerdote, y dentro de poco el número de personas que deseaba vivir sobre su dirección era tan grande que fue necesario la edificación de 12 monasterios que así iniciaban la famosa Orden benedictina.

Dotado de espíritu profético y del poder hacer milagros, San Benito hizo un apostolado incalculable en su tiempo, predicando más por el ejemplo de una vida austera e irreprochable. Sus reliquias se conservan aún hoy, en gran parte, en el monasterio de Monte Casino (Italia).

Llegan casi a ser incomprensibles los pretextos inventados por el mundo para ocultar sus pecados y disminuir la gloria de los Santos de la Iglesia.

Por ejemplo, si la Iglesia nos muestra a un Santo que vivió en el mundo, venciendo las tentaciones que éste le presentaba, porque de Ella recibía esa gracia, cumpliendo aquello para lo cual había sido llamado, entonces el mundo descubre imperfecciones, diciendo que no tenía coraje de enfrentar la vida de recogimiento.

O si la Iglesia nos muestra a un Santo que pasó toda su vida en el desierto o en el recogimiento de un convento, el mundo lo acusa de ser incapaz de vivir en el siglo y por lo tanto, de ser débil.

Sin embargo, en ambos casos se es héroe, pues uno y otro deben vencerse a sí mismos y las dificultades que tienen que sobreponerse son igualmente enormes dentro o fuera del mundo. Es el mundo quien debe disculparse.

De ahí la necesidad que tiene el católico de no prestar oídos al mundo, porque el mundo siempre encuentra de qué hablar, y sólo dejaría de criticarlo cuando, pactando con sus errores, él dejase de cumplir su deber.

Fuente: Pliniocorreadeoliveira.info

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