Desde el crepúsculo

al anochecer de la Cristiandad:

previsión de un doloroso itinerario

 El derrumbe de la civilización, camino al auge del sumo desorden, ya era señalado en 1946, por Plinio Corrêa de Oliveira, como el desenlace previsible por haber abandonado la civilización cristiana.

El acompañamiento hasta displicente de los noticieros de TV, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, la lectura de los diarios, o la simple observación de los hechos que se desarrollan alrededor nuestro son suficientes para despertar, en muchos espíritus, la noción del trastorno de todas las cosas en el mundo en que vivimos.

Crímenes monstruosos, violencias arbitrarias, inmoralidad agresiva que no respeta ningún límite, con la inevitable descomposición de las familias, la corrupción que invade las instituciones públicas en todos los niveles, son algunos de los síntomas del derrumbe de una civilización que cualquier persona que no esté totalmente aturdida por ese caos está en condiciones de ver. Afloran, entonces, en el espíritu de muchas personas, algunas preguntas inquietantes: ¿qué fue lo que sucedió para que hayamos llegado a tal punto? ¿Cuál es el futuro que nos espera?

El juicio que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira emitió hace casi medio siglo sobre la situación del mundo de entonces constituye una previsión que responde a esas preguntas.

“Pienso —afirmaba él— que no hay, en todo el Antiguo Testamento, un principio más íntimamente ligado a las concepciones del Legionário sobre la civilización en general, y particularmente sobre la civilización cristiana, que el del salmista: ‘Mientras el Señor no edifique la ciudad, en vano trabajarán los que la edifican’. Escribió Pío XI que la única civilización verdaderamente digna de este nombre es la civilización cristiana. Para nosotros, que nacimos en la gloria y la santidad de los últimos fulgores de esa civilización, tal verdad es fundamental. A medida que la tragedia de este inmenso crepúsculo espiritual se va desarrollando ante nuestros ojos desolados, lentamente se va derrumbando la civilización. No para dar lugar a otro orden de cosas, quizás menos bueno, pero, al menos, a un orden cualquiera. La sociedad de acero y cemento que se va formando por todas partes no es un orden nuevo. Es la metodización y sistematización del sumo desorden. El orden es la disposición de las cosas según su naturaleza y su fin. Todas las cosas se van disponiendo gradualmente contra su naturaleza y su fin….

“Durará esta era de acero hasta que las fuerzas íntimas de disgregación se hagan tan vehementes, que ni siquiera toleren más la organización del mal. Será entonces el estallido final. Otro desenlace no habrá para nosotros, si continuamos en esta marcha. Porque, para nosotros, bautizados, los medios términos no son posibles. O volvemos a la civilización cristiana, o acabaremos por no tener ninguna civilización. Entre la plenitud solar de la civilización cristiana, y el vacío absoluto, la destrucción total, hay etapas pasajeras: no hay, sin embargo, terrenos donde se pueda construir ninguna cosa durable.

“Claro está, que no somos fatalistas. Si, para el suicida, desde el puente al río todavía hay la posibilidad de una contrición, ciertamente también existe para la humanidad, en el resto de camino que va de su estado actual [1946] para su aniquilación, la posibilidad de arrepentimiento, de enmienda y de resurrección. La Providencia nos acecha en todas las curvas de este último y más profundo espiral. Se trata, para nosotros, de que oigamos con diligencia su voz salvadora.

“Esta voz se hace oír, para nosotros, en la múltiple y terrible lección de los hechos.

“Todo hoy en día nos habla de disgregación. El castigo divino está humeando en torno de nosotros. Estamos en el instante providencial en que, aprovechando este poco de aliento que la paz nos da [inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial], podemos instruirnos con el pasado, y considerar la advertencia de este futuro del cual nos aproximamos con terror.

“ ‘Si hoy oyes su voz, no endurezcáis vuestros corazones’. Es éste el consejo de la Escritura. Abramos, pues, de par en par nuestros corazones a la dura lección de los hechos. Examinar con frialdad, con realismo, con objetividad inexorable el mundo actual, sondear una a una sus llagas, abismar el espíritu en la contemplación de sus desastres y de sus dolores, es un deber. Porque Dios nos habla por la voz de todas estas aflicciones.Ser totalmente optimista delante de ellas es cerrar los oídos a la voz de Dios”[1].

Caos y aflicción: ¿señales precursoras del Gran Castigo?

Transcurridos 48 años de la publicación de ese texto, (hoy 70) cabe preguntarse cuál es el camino que tomarán los acontecimientos, una vez que no se optó por las vías de la civilización cristiana, conforme señalaba Plinio Corrêa de Oliveira como la única y verdadera solución.

Todo indica que la humanidad ciega continuará avanzando rumbo al castigo divino pronosticado en el artículo arriba citado.

Sin embargo, si es verdad que hoy, en casi todo, se refleja el caos y la aflicción de espíritu —señales precursores de aquel sumo desorden, mostrado en el mismo artículo— es preciso más que nunca no olvidar que, después de los sufrimientos regeneradores por los cuales el mundo tendrá que pasar —profetizados por Nuestra Señora en Fátima en caso de que no hubiere enmienda— permanece siempre su consoladora y maternal promesa: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

Restauración del orden, fruto de la restauración de las élites

En sentido opuesto a esos males y aflicciones, un clamor luminoso de esperanza resuena por el mundo: es el reciente libro del Presidente de la TFP brasileña, Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pio XII al Patriciado y a la Nobleza romana [2], refiriéndose al cual el Cardenal Silvio Oddi, en mensaje dirigido a los participantes del lanzamiento de la obra en Washington, afirmó, en consonancia con lo expuesto más arriba: “La oportunidad del libro del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira … no podía ser más providencial. ¿Qué mejor camino hay para hacer brillar de nuevo la civilización cristiana sino convocar a las élites, paladinas del verdadero progreso y guardianas de la Tradición, evocando las enseñanzas del Papa Pacelli y sus alocuciones …. las cuales el Prof. Corrêa de Oliveira comentó tan magistralmente con su penetrante erudición? Vuestra participación en este Seminario es histórica. En un sentido muy real,

el futuro de vuestra nación reposa en

vuestras manos. Porque los

principios expuestos en ‘Nobleza

y élites tradicionales análogas’

son perennes y deben servir de

faro para cualquier civilización

genuina”[3].

Concluimos, pues, estas líneas pidiendo a Nuestra Señora de Fátima que nos dé la mayor lucidez y una profunda sensibilidad sobrenatural para oír y comprender la voz de Dios en medio de las aflicciones que nos rodean, y nos dé el discernimiento necesario para, en esta hora suprema, encontrar las almas deseosas de luchar con celo ardiente por restaurar las auténticas élites, con vistas a una plena reimplantación de la civilización cristiana.

NOTAS

[1] Legionário, 21-7-46, Deflação.

[2] Ver síntesis de la obra en Catolicismo, n° 511, julio de 1993, y repercusiones de las varias ediciones del libro en los Estados Unidos, en países europeos y sudamericanos, publicados en diversos números de la revista, subsiguientes al ut supra indicado.

[3] Reconquista, órgano de la TFP portuguesa, n° 69, noviembre de 1993.

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